miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Por qué me han cambiado de Truvada® a Descovy®?

Esta es una pregunta que muchos pacientes con VIH se harán en los próximos meses. La reciente comercialización del fármaco Descovy® (emtricitabina + tenofovir alafenamida) está empezando a sustituir los tratamientos con Truvada® (emtricitabina + tenofovir disoproxilo). Para saber el motivo hay que indagar un poco.




Tras la aparición de los primeros fármacos antirretrovirales, allá por la década de los noventa, el objetivo de la terapia contra el VIH se centraba únicamente en reducir la carga del virus en sangre y aumentar los niveles de linfocitos CD4+. Con el paso del tiempo, los avances en el tratamiento antirretroviral han conseguido convertir el VIH en una enfermedad crónica, que se logra controlar con los fármacos disponibles y una adherencia adecuada del paciente.

La evolución de la terapia antirretroviral ha permitido a los pacientes con VIH envejecer. Sin embargo, esta buena noticia ha generado otros problemas. Ya no vale solo con reducir el virus en sangre, ahora necesitamos tratamientos muy seguros que no presenten toxicidad a largo plazo y nos puedan provocar otros problemas.

En el año 2006 se autorizó en España el fármaco Truvada® para la infección por VIH. Se trataba de la combinación de dos principios activos: emtricitabina (inhibidor de la transcriptasa inversa análogo de nucleósido) y tenofovir disoproxil (inhibidor de la transcriptasa inversa análogo de nucleótido). Desde entonces ha sido uno de los antirretrovirales más utilizados por su eficacia, seguridad y comodidad, ya que permite pautas de un comprimido al día asociado a otros tratamientos. 

Se ha visto que en algunos pacientes que están en tratamiento durante años, tenofovir disoproxil provoca daño en los riñones y osteoporosis que termina obligando a cambiar de antirretroviral. Este daño se produce por las altas concentraciones de tenofovir disoproxil en la sangre.

En este contexto se acaba de desarrollar Descovy®, la combinación de emtricitabina más tenofovir alafenamida. Esta nueva formulación de tenofovir alafenamida hace que el fármaco entre más fácilmente en las células de nuestro organismo, donde ejerce su efecto. De esta manera se puede utilizar a dosis mucho menores que con el antiguo tenofovir disoproxil con el mismo efecto. Como se puede ver en la imagen, 300 mg de tenofovir disoproxil equivalen a solo 25 mg de tenofovir alafenamida. Y por lo tanto, al haber menos fármaco en sangre se produce menos daño en los riñones.



Este es un buen ejemplo de como una pequeña modificación química en la estructura más elemental de un fármaco pueden afectar a la eficacia o seguridad del medicamento. En este caso, los resultados de los ensayos clínicos han sido muy positivos, por lo que solo nos queda esperar que mejoren los resultados en salud de los pacientes en tratamiento con esta combinación. 

Sara Ruiz el Jerche
Vanesa Pérez Muro

jueves, 13 de julio de 2017

La adherencia en el paciente trasplantado. "La pregunta del millón"

El trasplante de órganos hoy en día constituye la única alternativa para muchos pacientes cuya situación clínica ya es crítica. Esto supone un estudio y seguimiento previo del paciente, su inclusión en lista de espera de trasplante tras evaluación por un comité especializado, esperar un órgano compatible, el riesgo de la intervención quirúrgica y el seguimiento clínico post-trasplante. 


Ahora viene la pregunta del millón, ¿por qué después de todo este esfuerzo por parte del paciente y del sistema sanitario (y no olvidemos la inversión económica) el paciente no siempre toma correctamente su tratamiento?, cuando de ello depende la supervivencia del trasplante.



Para hablar de esto, primero vamos a definir qué es la adherencia. La Organización Mundial de la Salud  (OMS) en su “Proyecto sobre Adherencia Terapéutica a Largo Plazo” (2004), define la adherencia a un tratamiento prolongado como “el grado en que el comportamiento de una persona (tomar el medicamento, seguir un régimen alimentario y ejecutar cambios del modo de vida) se corresponde con las recomendaciones acordadas de un prestador de asistencia sanitaria”.

La OMS reconoce la falta de adherencia al tratamiento a largo plazo de las enfermedades crónicas como un problema mundial de magnitud alarmante, que en los países desarrollados puede llegar hasta el 50% de los pacientes. Es decir, uno de cada dos pacientes no toma correctamente su medicación. 

En pacientes trasplantados estas cifras oscilan entre 24-70%, según el tipo de trasplante y métodos de medición. Pero lo que es evidente es que son cifras demasiado altas y sigue siendo una de las principales causas de rechazo y por lo tanto de pérdida del órgano trasplantado. De modo que, además de no conseguir los resultados para la salud esperados, aumentan los costes sanitarios debido al mayor número de visitas médicas, pruebas, cambios de tratamiento y, por supuesto, retrasplantes.

Como en cualquier otra enfermedad crónica, el tratamiento de un paciente trasplantado es de por vida y en la mayoría de los casos muy complejo. Al tratamiento inmunosupresor para evitar el rechazo (2 ó 3 medicamentos) se le suma el resto del tratamiento de base del paciente, según su enfermedad, e incluso más medicamentos para tratar los efectos adversos producidos por todos los anteriores.  Un aspecto importante es que una vez se le da el alta del hospital, el paciente es el responsable de tomar correctamente toda esta medicación.

Puede parecer un tema con fácil solución, pero esta falta de adherencia es consecuencia de diversas barreras que encuentran los pacientes y sus familiares a la hora de cumplir con el tratamiento. De hecho se han identificado claramente diferentes factores que afectan negativamente a una correcta adherencia al tratamiento y que se pueden agrupar en cinco dimensiones, tal como se muestra en la siguiente imagen:



Por lo tanto, para mejorar la adherencia de los pacientes a su tratamiento, es necesario identificar y resolver los problemas relacionados con cada uno de estos factores. Algunos de ellos no se pueden modificar fácilmente, pero sobre otros sí se puede actuar. Por ejemplo:
  • Mejorando las características de los tratamientos: intentando simplificarlos, con menos tomas diarias, ajustándolos a las actividades diarias del paciente o a sus preferencias y tratando de prevenir efectos adversos.
  • Mejorando el conocimiento del paciente sobre su tratamiento: el objetivo y la necesidad tomarlo (que entienda los riesgos y consecuencias de una falta de adherencia), las recomendaciones de cómo tomarlo, sus posibles efectos adversos y la adquisición de habilidades para no olvidar la toma de medicación.
  • Mejorando la accesibilidad a los profesionales sanitarios, para resolver dudas o para un mejor seguimiento, mediante consultas telefónicas o por vía telemática.

En definitiva, el paciente debe participar activamente en la gestión de su enfermedad y cada uno, en función de sus circunstancias, necesitará un tipo ayuda o de intervención y debe buscar asesoramiento en el personal sanitario.

El farmacéutico es un profesional sanitario experto en medicamentos que le puede ayudar a mejorar la adherencia, mediante información sobre el tratamiento, cual es el objetivo, cómo tomarlo y qué hacer si olvida una dosis, el modo de prevenir o manejar los posibles efectos adversos, así como ayudarle a programar la toma de medicamentos mediante el uso de pastilleros o diferentes sistemas de recordatorios.

¡No dude en consultarnos!

jueves, 6 de julio de 2017

¿Influye el grupo sanguíneo en el carácter de las personas?

Cada poco tiempo podemos leer en las noticias que hay algunas empresas japonesas que discriminan según el grupo sanguíneo. Este hecho tan curioso se debe a que está muy arraigado en la cultura popular japonesa la idea de que nuestro carácter y nuestra forma de trabajar puede estar influido por el grupo sanguíneo.

Antes de seguir, es necesario explicar que el grupo sanguíneo de cada persona está determinado por una molécula  que está en el exterior de algunas células (no solo las de la sangre). Hay dos tipos de moléculas, una determina que tienes el grupo sanguíneo A y la otra hace que tengas el B. También se pueden tener los dos tipos a la vez, grupo AB, y si no tienes ninguno de los dos, cero. La gran importancia de conocer los grupos sanguíneos es para evitar reacciones adversas en transfusiones, como se puede ver en la siguiente infografía:




Volviendo al tema, los argumentos discriminatorios se basan en teorías envueltas en una piel de “cientificismo” para así conseguir otorgarle un aura de objetividad. La base “científica” de esta discriminación se basa en un artículo publicado en 1929 en Japón: “Estudio del Temperamento y los Grupos Sanguíneos”. En él se afirmaba que las personas según su grupo sanguíneo eran más impulsivas (B) o tranquilas (A y 0), incluso se llegaba a decir que los AB eran personas bipolares e impredecibles por mezclar distintos grupos sanguíneos. No cabe decir que esta teoría no se ha confirmado, y que se trata de un estudio poco riguroso y fiable. Sin embargo, la idea caló fuerte en la sociedad nipona y actualmente está prohibido por ley preguntar sobre el grupo sanguíneo en las entrevistas de trabajo para evitar prejuicios a la hora de contratar personal.

Puede resultarnos ridículo en nuestra sociedad occidental, pero no lo es más que pensar que la memoria del agua nos puede curar. Pero, ¿hay algo de verdad de que el grupo sanguíneo puede influirnos? Sí, hay estudios que demuestran que según el grupo sanguíneo es más probable sufrir ciertas patologías. Por ejemplo está demostrado que las úlceras pépticas, producidas por un microbio Helicobacter pylori son más frecuentes en pacientes con grupo sanguíneo 0. Esto se debe a que le es más fácil a la bacteria adherirse a la pared del estómago y producir la úlcera. Y no es la única patología relacionada con algún grupo sanguíneo.

En conclusión, tener un determinado grupo sanguíneos no influye en nuestro carácter. El hecho de que hayan estudios no indica que esté demostrado que sea verdad. Tan importante como que hayan estudios es que éstos sean de calidad.